Entradas

La Herida del Signo: Cómo las Palabras Trocean el Mundo y los Símbolos lo Reúnen

Imagen
Introducción: El día que aprendimos a poner etiquetas y perdimos el paraíso Imagina por un instante cómo mira el mundo un niño de apenas dos años que pasea por primera vez por un jardín después de la lluvia. Para sus ojos asombrados, el jardín todavía no es un catálogo de piezas sueltas con un cartelito colgado del cuello. El brillo de la gota de agua sobre la hoja, el olor a tierra mojada, el canto del pájaro en la rama y su propia risa al pisar un charco forman parte de un único tejido continuo, mágico e indivisible. Como han demostrado los estudios neurocientíficos, en la primera infancia nuestro cerebro posee una altísima conectividad y dimensión fractal: antes de que la educación y las reglas del idioma levanten sus vallas, el niño habita de manera natural en una realidad sinestésica e inmediata donde el adentro y el afuera, el sujeto que mira y la cosa mirada, son una sola presencia viva. Pero, poco a poco, ocurre el gran prodigio —y también el gran desgarro— de nuestra condición...